viernes, 1 de abril de 2011

EN LA TERMINAL

PARTE I

Recostarme en el gran sillón del local en épocas de novato era peligroso, podía quedarme dormido como un bebe hasta el final de mi turno sin darme cuenta, pero ahora luego de tantas madrugadas había logrado entrenar mi organismo para resistir el aburrimiento y la monotonía del trabajo rutinario, aunque durante los 8 meses que llevaba trabajando jamás me resistí a la tentación de cruzar el pasillo y entrar en la zona de fumadores para matar un poco el tiempo.
Axel, el nuevo, trata de aprender a manejar la caja registradora, es flaco como una escoba, con cabellos lacios que le cubrían la frente, pequeño casi minúsculo y unos ojos de sapo enormes  que completaban su apariencia de renacuajo; a su lado esta Patricia, cabellos morenos, unos ojos claros preciosos que cuando te miraban sentías como todo su cuerpo curvilíneo lograba transmitir energía con solo una mirada, su paciencia llega al límite y hace un gesto con su mano pidiendo socorro, nunca he dudado de su belleza, algo debe haber dentro de mí que no me permite mostrarle más que caricias y besos apasionados, pero nunca amor. Me incorporo, estiro mi uniforme y antes de que pueda dar el primer paso siento su mano aprisionando la mía, escuché su voz, sólo la escuché, necesité que repitiera la frase para dejar de fantasear y entender lo que cantaban sus labios.
-¿Cuánto tiene que pasar para que dejes de tener esa cara de puberto?- maldición esos ojos deben de perder su poder sobre mis extremidades algún día, me quedé quieto- No me digas que no me reconoces, vamos Arturo, no ha pasado tanto tiempo.
-Jimena Castro, algún día cambiaré mi cara de puberto, pero esos dientes de conejo parecen incorregibles en ti. Han pasado muchos …. – no pude terminar la frase
-digamos que ha pasado lo suficiente, ¿a qué hora terminas?, pensé que podríamos tomarnos un café.
-Por supuesto que no, pero te acepto un helado, trabajar en una cafetería termina volviéndote alérgico a esa bebida- era mentira simplemente quería alejarme de mis compañeros, en realidad quería alejarme de este planeta y quedarme con esa chica de mirada tierna, cabellos castaños y sonrisa decorada por el trabajo incompleto de algún odontólogo.
Nos sentamos, ella pidió un helado y yo pedí una hamburguesa, por un instante solo la miraba, trataba de no arruinar el momento con alguna pregunta estúpida o un comentario que acabara con esa calma que se respiraba a su alrededor.
-¿Has dejado de amarme, Arturo?- parece que ella no pensaba lo mismo.
-No, ni un solo día…

…..

-sí, ¿quién es?
-buenos días Doña Lucrecia, soy Arturo.
-ah, sube hijo, Manu está durmiendo.
La puerta de metal se abre y subo hasta el 3 piso, entro en el departamento 304, camino con cautela, abro la puerta del dormitorio de Manuel y le tiro la pelota en la cabeza, el grito de dolor despierta a Gonzalo que duerme en el camarote superior, el hermano mayor de la familia Castro me maldice entre sueños.
-Levántense de una vez, los muchachos nos esperan en la esquina, apúrense que la cancha se llena rápido los domingos, ya saben.
-¿tú no tienes en cuenta la resaca, no?- Gonzalo se revolcaba intentando volver a dormir, jalé las dos sabanas que lo cubrían y fui a la sala a ver televisión mientras se vestían, como ya era costumbre, ella había escuchado mi lucha contra sus hermanos y estaba sentada en la sala con la pijama más provocativa que alguien pueda imaginar.
-Buenos días- se acercó y procurando que yo sintiera todo su cuerpo mientras me besaba me apretó contra ella, la besaba embriagándome con el olor de su cuerpo recién levantado, mi adolescencia estaría marcada por las fantasías creadas durante esos minutos entre que entraba a su casa y salía junto a sus hermanos, nadie nos podía ver, era prohibido, estaba mal, en ese instante todo cambió, ese fue mi error, la acostumbré a lo prohibido, logré que no viera en mí nada más que una sombra, una fantasía que solo vivía en las nacientes mañanas de domingo. Nos separábamos cuando escuchábamos a sus hermanos salir de la habitación.
 El domingo continuaba llegábamos a las canchitas del barrio, eran una seguidilla de losas deportivas algo matadas por el tiempo y animada por la bromas y vivacidad de los jóvenes que la mantenían con vida cada fin de semana, las canchas de San Pedro.
-Tú sabes que ahora a Gonzalo le dicen bajo
-¿Por qué?- preguntaban nuestras voces en coro
- Porque solo acompaña, pero no puntea- las risas eran efusivas, teníamos que matar el tiempo hasta que las canchas se desocuparan, era fácil saber cuál sería la primera en caer; la de los “resaqueados”, era ese grupo eterno e incansable que venía después de unas pocas horas de sueño o directo de la cantina del “Tomate” Aguilar, a dar lastima y  darle uso a los baños malolientes de las canchas, cuando estos terminaban botábamos a los menores que intentaban entrar en la cancha recién despejada con patadas e insultos y jugábamos hasta el mediodía, éramos dos equipos de 5 jugadores cada uno, aunque jugábamos los mismos equipos durante casi 5 años al final los dos equipos casi sin despedirse tomaban rumbos distintos, en mi caso: Manuel, Gonzalo, Chepe, Julio y yo. Al salir me cruzaba con el papá de los Castro, esa era mi segunda señal del domingo, en ese instante me separaba de mi grupo, corría hasta mi casa me bañaba e iba al parque Dos de mayo cerca del mercado, cerca del árbol más torcido del parque sentada con un vestido precioso estaba ella, me recibía con un beso y me recordaba de los pocos minutos con los que contábamos antes que su madre regresara del mercado, fugaz, así éramos, besos con amor y velocidad, éramos pólvora al sol, listos para estallar, éramos la ilusión que jamás se debe perder.

De vuelta en mi casa comía apurado y encontraba a mis amigos en la casa de Chepe, su casa tenía dos pisos y una azotea donde nadie nos molestaba y desde donde podíamos ver nuestro reino, nuestro barrio.
-¿Algún día sabremos a dónde te vas todos los domingos tan rápido y misterioso?- la curiosidad de Julio era entendible llevaba un año haciendo eso, siempre poniendo como escusa, una visita o un mandato de mi madre, tenía que despistar a sus hermanos como sea, solo me quedaba hacer la jugada de siempre.
-Ustedes saben cómo es mi “viejita”, invítenme algo de cerveza, ¿no?- el vaso corría, eran las ventajas de estar en la casa del dueño de la bodega del barrio, nunca faltaba nada. Ya se estaba poniendo el sol y las copas ya habían hecho estragos en nuestros cuerpos, era el momento de las verdades y las bromas, aparté a Manuel a un lado, era mi mejor amigo y a él tenía que responderle.
-Nos vamos a ir a Francia a fin de año- no me dejó decirle nada, me abrazó y me juraba que jamás dejaríamos de ser hermanos, estaba aguantando las ganas de llorar en mi hombro, nos acercamos a los demás y mientras los hermanos nos contaban la historia acerca de cómo su padre consiguió trabajo gracias a un tío que vivía allá, yo solo pensaba en la chica del vestido que me esperaba los domingos, algo dentro de mí se aseguró de nunca olvidar esa imagen.