No recuerdo cómo es que termine encamándome con la viuda Simoné, tal vez todo comenzó ese verano que empezó a dictarme clases de piano, las cuales siempre odie, ya que a mi parecer me veía ridículo con 16 años y una estatura que bordeaba los 2 metros tratar de encajar en la minúscula silla, que yo siempre sospeche que mis hermanos ponían a propósito, pero nada de eso importaba cuando llegaba las 5 de la tarde y la veía entrar por la puerta de la cocina con uno de esos vestidos que mostraban sus curvas marcadas; unas piernas bien formadas, que cuando se movían me hipnotizaban; un escote que mostraba unos pechos redondos, no demasiado grandes, sencillamente perfectos y luego de una caminada de pasarela de la cual yo era testigo mudo y seguramente un observador estupefacto se me acercaba y asegurándose de que sus pechos rozaran mi cuerpo me saludaba con un beso en la mejilla y un “hola, Raulito” al oído que me dejaban hecho una masa flotante que se depositaba en la ridícula silla dispuesto a aprender, una de esas tardes en las que estábamos solos en mi casa, sumergidos en la ardua tarea de enseñarle a un troglodita musical el fino arte de tocar el piano, decidimos tomarnos un descanso, el calor dentro de esa biblioteca era inclemente, por lo que generalmente ella me pedía que antes de iniciar las sesiones le trajera un vaso de agua con hielo, mientras ella tomaba yo aprovechaba para volver a mirarla con la misma admiración y curiosidad con la que la miraba cuando entraba a la casa, cuando de pronto me sorprendió en medio de mi observación.
-ves algo que te guste, Raulito?-debió haber notado el pánico en mis ojos y la vergüenza en mis coloradas mejillas por qué se apresuro a contestar su pregunta- no me molesta que me mires.
Y con una naturalidad con la que un mariposa se posa encima de una flor puso su mano en mi pierna, después de ese día no hubo clase en la cual no tuviese su mano recorriendo mi pierna, me excitaba de sobremanera cuando a la vez ponía su cabeza en mi hombro y podía sentir su aliento en mi cuello, este no es el único recuerdo que tengo de aquellas épocas, pero primero trataré de describir mejor a la viuda Simoné antes de que me tachen de enfermo o trastornado.
Mi madre era miembro del club Embajadores de Lima, donde había conocido a Simoné Vílchez, estaban en la misma clase de tenis, casi de inmediato se habían hecho intimas, iban de compras juntas, tenían interminables reuniones de té, lonches, almuerzos, desayunos y cenas en las que en un principio también participaba el señor Arturo Soldano, su difunto esposo, diplomático, inversionista, empresario y millonario sobre todo millonario. El señor Soldano había muerto de un paro cardiaco, estaba solo en casa cuando sucedió la tragedia, pero hasta hoy nadie se explicó por qué no salió a la puerta en busca de ayuda o trato de usar el teléfono, su muerte dejó este saldo: muchas cuentas en el país y en el extranjero, un grupo de amigos muy consternados, unos padres dispuestos a no dejar en el abandono a su hija política y una viuda de 36 años con demasiadas ganas de seguir viviendo, quién podría discutírselo? Ella joven y hermosa, sobre todo eso, hermosa, solo unos meses después de la tragedia comenzaron mis clases de piano, mi madre me lo había rogado, “la pobre necesita distraerse y salir de esa casa tan solitaria, es un acto de mera compasión, tienes que comprenderla Raulito”, yo no la conocía ni mucho menos a su difunto esposo ya que cuando mi madre me comentaba que venía alguna amiga suya yo aprovechaba para salir hasta la hora que ella me dijera que ya se habían ido, por lo que renegaba de tener que consolar a una anciana con la que no tenía nada en común, me atormentaba la idea de tener qué consolarla en mi hombro y escuchar sus viejas historias sobre su finado amor, pero todas las ideas horribles que me había planteado podría haberse comparado con el ángel en vestido que entró por mi puerta esa tarde, no recuerdo haberla visto llorar nunca ni tampoco me hablo jamás de su esposo en esos días y la única cosa que hacía en mi hombro era respirar sacándome de quicio.
La primera insinuación que recuerdo fue cuando una tarde en el club, mientras mis padres y mis hermanos preferían pasar el crepúsculo en la playa recostados en la arena, yo nadaba en la piscina que estaba vacía ya que habíamos ido un día de semana, cuando ya agotado de nadar me recosté en un costado no muy profundo de la piscina, ella apareció, yo estaba de espaldas por lo que no la vi acercarse pensando que sería cualquier otro bañista.
-ya entiendo porque prefieres terminar el día en la piscina, el agua es más relajante – yo había desaparecido totalmente de este mundo, supongo porque nuevamente ella continuo sin que yo dijera nada- sabes Raulito, siempre me he preguntado, por qué no tienes enamorada?.
-no hay nadie que me interese por el momento- logré balbucear ya que el tenerla tan cerca me había puesto más nervioso de lo que pensé y también más… entusiasta.
-ay Raulito, que bueno porque las chicas de tu edad son algo indecisas y tu siendo un chico tan maduro- decía mientras se acercaba- deberías estar con alguien con un poco más de mundo, parece que “una parte de ti” me comprende-En ese instante estaba completamente pegada a mí, y con las manos cada vez mas debajo de mi cintura, abriendo la ropa de baño- ya no eres un niño, deberías tener una mujer que te atiende. Y con la misma rapidez con la que se acerco se fue.
Esa noche mi madre me dijo que Simoné necesitaba ayuda con algunos muebles y que le vendría bien algo de compañía en su casa tan sola. Pasmado, emocionado, totalmente excitado, acepté. No dormí en toda la noche pensando en que podría disfrutar de Simoné yendo y viniendo todo el día en uno de esos vestidos que tan me gustaban, era presa de ataques de angustia traducidas en comezones que no me dejaban pegar los ojos. A la mañana siguiente no esperé a que nadie me levante, a las 8 de la mañana ya estaba en la puerta de la casa de la viuda no quedaba muy lejos de la mia, era grande, casi un palacio era toda una esquina, por fuera guardaba la apariencia de cualquier otra casa de Miraflores de la época, pero al entrar parecía retroceder en el tiempo y detenerse en la época de los primeros años de la república, bellos muebles con finísimos acabados, un comedor y dos salas-era lo mínimo para tanto terreno- una cocina equipada con una mesa en el centro que hacia recordar a las estadounidenses, el segundo piso era igual de ostentoso, tenían 4 habitaciones, 2 estaban clausuradas porque como ella misma decía “son dos cuartos más que limpiar y que nadie va a usar”, el otro era el cuarto de simoné y que alguna vez compartió con su esposo, una cama de dos plazas, como para no perder armonía con toda la casa, adornada con unos diseños en la cabecera y con un especie de velo que lo rodeaba ocupaba casi todo el cuarto, por lo demás, había una mesa de noche, un armario con un espejo que abarcaba toda la dimensión de la cama, supongo que esa sería la diversión del matrimonio Soldano en otras épocas, también había una repisa que tenia un numero exorbitante de zapatos, una tarde llegué a contar 48 pares, el cuarto restante era lo que alguna vez fue la biblioteca del señor soldano, paredes enteras llenas de libros, el difunto era un hombre cultísimo, de una trayectoria intachable, amante de la lectura y adinerado, triste final para una vida tan prometedora. Mi labor comenzaba aquí tenía que clasificar todos los libros y meterlos en cajas, ella ya estaba harta de todo el polvo que atraían esos gruesos tomos, al comienzo solamente era yo y muchas cajas vacías, pero luego entró la viuda a ayudarme, tenía un buzo pegado y un polo de tiras como los que usan para ir al gimnasio, sus curvas me impacientaron tenía que salir de ahí, en ese instante mi cuerpo adolescente me traiciono de una forma vil y muy obvia, yo estaba vestido casi igual un buzo, un polo y una polera, la solución fue la de permanecer sentado, pero ella debe de haberse dado cuenta porque me pidió que le alcanzara una caja, aterrorizado de que si me negaba seria más obvio me apresure a traerla, al darme la vuelta puse la caja a la altura correspondiente para cubrirme y la deje cerca de ella, me senté dándole la espalda cuando de pronto sentí su dulce aliento en mi cuello.
-No tienes de que avergonzarte, Raulito- nuevamente mi timidez e inexperiencia me dejaron mudo, rojo como un tomate agache la cabeza sin verla aun, como ya era costumbre ella continuo- aparte eres bastante “grandecito” para ser tan joven. Sin descaro ni vacilación cogió mi sexo entre sus manos y comenzó con las caricias, presa de mi inexperiencia no me moví, deje que ella recorriera con sus manos y sus labios todo mi cuerpo.
-Estas nervioso, Raulito es tu primera vez? Un chico tan guapo como tú, bueno será mi labor enseñarte-me arrastró hasta el escritorio, nos besamos, casi sin esfuerzo me desnudo y yo a ella, nunca había tenido tantas sensaciones juntas, cada segundo que pasaba el acto se volvía más violento, más carnal, simplemente adictivo para quién jamás ha tenido una experiencia similar, todo terminó con un coro de gritos y gemidos dignos de la ocasión, seguidos por una sensación de calidez inimaginable qué me persigue hasta el dia de hoy.
En ese instante nos interrumpió Próspera, era la chica de la limpieza, joven muy joven, debería ser 2 ó 3 años mayor que yo, guapa, pechos grandes, delgada y unos ojos llenos de inocencia, se quedo petrificada cuando nos vio, cuando la vi solo atiné a buscar mis ropas, Simoné me cogió el brazo y me dijo relájate.
Próspera, quiero que recojas las ropas las lleves a mi cuarto, más tarde- dicho esto salimos a su costado desnudos y ya dentro de su cuarto continuamos con mi adoctrinamiento en las artes amatorias, recuerdo muy bien esa tarde fueron horas y horas de pasión, necesidad y solo de mi parte, amor.
Los encuentros con la viuda comenzaron a hacerse semanales, con la escusa de ahora ir a visitarla y repasar francés con ella, lograba escaparme 3 o 4 veces por semana a la casa perdida en el tiempo y entre las sabanas de esa cama, que hacían pensar en un zar árabe, hacíamos el amor hasta que la luna nos anunciaba el final de nuestro encuentro. Un fin de semana mis padres salieron de viaje y no era raro que mis hermanos salieran a fiestas toda la noche y se aparecieran con el pan, esa noche la pasé en la casa de la viuda, esa noche me dio el arma con la cual me vengaría muchos años después.
-cómo es qué puedes tener tantos lujos y ni siquiera trabajar?- luego de los largos días en que nos amamos, había logrado poder sostener una conversación y no quedarme mudo.
-Arturo tenía mucho dinero, con lo que me dejó puedo vivir mucho tiempo más, pero quieres saber la verdad- se acerco a mi oído y me susurro con la dulzura que solo ella podía- lo maté porque quería más.
La respuesta no me sorprendió siempre lo supuse, Soldano había muerto y si ella lo había hecho mucho mejor ahora yo era el que podía revolcarme con ella a mis anchas, era lo único que me importaba, ahora yo le hacía el amor con eso me bastó para vivir tranquilo muchos años. Durante los siguientes 12 años comencé la universidad y mis padres me dieron un auto, ahora mis visitas a la casa perdida en el algún punto del virreinato eran diarias, tuve enamoradas, pero recuerdo que siempre me decepcionaba en el momento de hacer el amor con ellas, ninguna me llenaba como lo hacía Simoné, comencé a entender que solo con ella podría ser feliz. Finalmente me casé con ella luego de muchos años de pasión a escondidas, mis padres nunca la perdonaron y mis hermanos no me hablaban por considerarme un promiscuo, un loco. En ese momento comencé a deformarme, recuerdo cuando ella me dijo esas palabras tan despreciables, pero que me sonaron como una orden, un deseo, una necesidad de mi amada.
-tu padre tiene mucho dinero, deberíamos hacer algo para que accedas a un poco de él.
-te refieres a algo como lo que tú hiciste con el señor Soldano?-mi rostro transmitía terror, pero mi cabeza ya había comenzado a planearlo. No pienso decirles como lo hice.
Mi padre murió ahogado en su piscina luego de que una borrachera lo llevara hasta el borde donde se golpeo la cabeza para luego descender totalmente inconsciente hasta el fondo, o eso fue lo que dijo el parte policial de un departamento corrupto y pobre. Después de eso siguió quitarle la empresa que durante 25 años mi madre había dirigido y hecho crecer con el sudor de su frente, la mesa directiva comandados por mí decidimos que no era capaz de superar la perdida de mi padre, mi madre murió a los 3 años loca en un manicomio de lima. No volvi a saber de mis 2 hermanos nunca más. Hace poco me entere que uno estaba en Italia y otro en francia no les e hablado desde el funeral de mi madre del cual fui expulsado, si les dijera como es que todas estas cosas no me importaron en lo más mínimo entenderían el grado de control que esa mujer había logrado sobre mí, todo se detuvo el día que esa arpía quiso demostrar que era más lista todavía.
Llegué temprano del trabajo, subí y antes de abrir la puerta escuché los gemidos de simoné no tuve que abrir la puerta para saber lo que pasaba, no dije nada. Me senté en la sala dejé que su amante saliera y una media hora después de que este cruzara la puerta despavorido suponiendo que yo aún no llegaba, subí, cogí la grabadora que guardaba en mi comoda y la deslice por debajo de la almohada, la desperté y le hicé el amor, al finalizar pregunté:
-ahora cuéntame mi amor, lo he sabido durante mucho tiempo, pero ahora quiero que me cuentes como mataste al impotente de Saldano.
La bruja ésa no reparó en detalles pensando que aún era su amante fiel, que jamás la delataría, la grabación junto con unos muy gruesos fajos de billetes que entregué a la policía hicieron que se reabriera la investigación y con toda la frialdad del mundo mandé a mi esposa a la cárcel, pero la grabación no era suficiente pensarán, lo clave del caso fue el testimonio de Próspera, ella misma detallo cómo es qué su patrona había provocado el infarto de su marido con una combinación mortal de aspirinas y analgésicos, y que cuando el episodio se presento le ordenó que no moviera un dedo y qué si no guardaba el secreto ella sería la próxima, se preguntarán porque ella no había hablado hasta ahora, era un chola ricotona, no les voy a mentir poco después de encontrar a esa arpía siéndome infiel comencé a tirarme a la cholita ésta y la convencí para qué me contara toda la verdad y que también se las dijera a los policías, soy un hombre orgulloso alguna vez cegado por la ilusión del amor, pero luego de tanto años viviendo con la viuda Simoné tenía que aprender algunos trucos, no creen?
Yo tuve la exclusiva creo :S
ResponderEliminarpero el final me mató...en serio (: