lunes, 22 de noviembre de 2010

Una historia de Polvora y Caballeros - Parte I

Parte 1: La misa del domingo

La misa del domingo en la iglesia de los marianistas tiene un sentido peculiar, el cura, Fray Pascual Matallende tiene un amor por el orden colonial poco convencional, el evangelio esta siempre plagado por citas y comparaciones con la causa española nunca se imaginaria que eso desencadenaría una serie de hechos importantes, pero a la vez olvidados en las crónicas de la independencia del Perú…

-El señor ama éste virreinato, el señor vive en comunión con nosotros porque respetamos un orden, nunca se atrevan a cuestionarlo ya que hacerlo es contradecir la voluntad…- el discurso de Fray Matallende es interrumpido por el ruido inconfundible de disparos en la puerta de la iglesia, luego el sonido de las botas a toda marcha acercándose a la entrada ovalada, de pronto un grupo de jóvenes se levanta de entre los asistentes mientras que una veintena de figuras con sombreros y ponchos que empuñan sables y rifles se forma alrededor de los asientos, tres figuras jóvenes se acercan a dónde el cura estaba dando el evangelio de la semana, el sonido de quejas y personas que intentan tomar represalias contra los revoltosos es acallado en el momento que una de las tres figuras le apunta con su arma al cura, en ese instante todos los asistentes toman asiento y un pequeña brisa helada recorre la nuca de todos, las figuras se quitan los sombreros, solo en ese momento uno puede entender la diferencia de etnias y formas que existen entre ellos, quien apunta la pistola es un indio de rasgos marcados, su piel marrón es impresionante hace recordar a un rostro tallado en madera, no es muy alto, pero su contextura es gruesa, no quisieras encontrarlo por la calle y tener algún problema con él, sus manos son las de un trabajador de toda la vida, una mirada perturbadora llena de resentimiento como si el cura hubiera sido su flagelador desde hace mucho tiempo, la figura del medio es más pequeña que las otras, su piel blanca y ojos claros desentona con la del otro agresor, un criollo a todas luces, su rostro hace pensar más en un filósofo o un estudiante de leyes que en un revoltoso que ataca algo tan sagrado como la misa del domingo, sus ojos son algo que no encajan con el resto de su cuerpo pareciera que fueran la fuente de su poder, de su liderazgo para ordenar a hombres como al indio que está a su lado, deja su rifle y se lo da a la tercera figura, un negro, mucho más alto que los otros dos, pareciera la combinación de ambos, fornido, con un rostro lleno de cicatrices y unos ojos tenebrosos que hacían pensar en un vacio infinito, pero que mostró una docílidad incoherente a su apariencia al coger el arma del criollo, acto seguido este comenzó hablar:
-bueno padre, parece que somos detractores de la voluntad del señor en ese caso – una ola de murmullos recorrió los asientos, luego de un disparo del arma del negro todo volvió a ser la voz del criollo  que con un gesto le pedía paciencia a su mano derecha- por favor les pido paciencia, solamente estamos aquí para anunciar la llegada de un cambio, la llegada de un régimen hecho de los peruanos para los peruanos.
-SACRILEGIO, me decepciona joven Arrué! – un disparo desde el arma del indio zumba al costado del cura y el susto lo manda al suelo
-Padre, yo he crecido escuchando sus discursos sobre un virreinato avalado por Dios, pero quiero decirle que el único gobierno que yo respetaré es el avalado por la razón y la igualdad, dicho esto quiero decirles que una revolución está por llegar y todos los que quieran unírsenos son libres de hacerlo, techo y comida puede faltar, pero una nación libre ha de perdurar, dicho esto nos retiramos con los nuevos reclutas.
Un grupo de jóvenes se levantó y se unió a las filas agrupadas a su alrededor, algunos entre el apoyo de sus familiares y otros entre las miradas acusadoras de familiares y conocidos, todo no hubiera pasado de un simple reclutamiento revolucionario común en épocas de independencia si es que ella no hubiera hecho lo que hizo.
-Sácame la pistola de enfrente, cavernícola- todas las cabezas voltearon a ver la escena, una joven muy bella, de cabellos castaños ondulados,  había golpeado y desarmado a uno de los soldados, que la doblaba en altura, tirándolo al suelo y con el arma de este rápidamente redujo a otro, un disparo desviado por la rápida intervención del criollo no llegó a atravesar el pecho de la joven, pero esta igual soltó el arma y toda la habilidad desapareció al sentir la muerte tan cerca.
- He dicho nada de asesinatos
-lo siento, señor.
-yo me encargo- el criollo se acercó a la joven quien se encontraba cerca de la salida- señorita, por favor explíqueme cuál es la razón de este arranque de cólera
-tus subordinados le apuntan a mi madre, quién ha perdido casi toda la vista y que sus rodillas no le permiten estar parada ni sentada demasiado tiempo, te parece poco ahora también tener el olor de la polvora tan cerca.
-me disculpo, le aseguro que no tenían intención de violentar a tu madre, son ordenes mías  tener vigilados a todos, basta con que hayan dos más como tú capaces de desarmar a dos soldados con tal facilidad y estaría en graves problemas…
-Parece que te has vuelto una mula con mucha habilidad para las disculpas, Arrué- un hombre que estaba sentado al costado de la joven se había puesto de pie- aléjate de él, mi amor, es solo un loco que ahora tiene nuevos amigos de juego.
-Ortega, así que ella es tu prometida- el criollo se quedó observándola un momento, luego sacó su sable y con la misma rapidez lo puso en el cuello de Ortega- esto es por las antiguas deudas, Sioux, Otelo, cárguenla, viene con nosotros- mientras señalaba a la joven.
Las otras dos figuras iníciales respondieron al llamado de su superior, el criollo seguía mirando con una sonrisa enorme a Ortega a quien no le había retirado el sable ni un segundo del cuello.
-señor, por favor apresúrese, los soldados no deben de tardar en llegar al escuchar los disparos- dijo un joven indio al criollo, pero unos ruidos de jadeos y el grito final de dolor del negro desataron los gritos del joven líder revolucionario.
-cómo es posible que no puedan reducir a una mujer?
-Señor Arrué, esta es una fiera- las palabras de su mano derecha retumbarían en la cabeza del criollo durante mucho tiempo ya que la describía de forma simple y concreta.
-Cómo te atreves, negro!- con un movimiento de gacela se libró de las garras de los 2 hombres, que sin exagerar habrían podido tirar al suelo a un toro, y con una rapidez impresionante lanzo su puño partiéndole la boca al fornido mulato.
-es mucha mujer para ti, Ortega- el criollo clavo su sable en la pierna de su antiguo rival, que dio un alarido de dolor muy parecido al de un animal herido, luego volteándose hacia la dama que había corrido a socorrer a su prometido- discúlpeme, señorita- puso un pañuelo, seguramente empapado con algún somnífero, en la cara de la joven que se desmayó al instante.
-eres un cobarde, Arrué, me atacas amenazando a mi prometida, a mi suegra y pones un arma en mi cara, esto es lo qué quieren para el Perú?
-una palabra más, Ortega y te juro que no la vuelves a ver y si quieres hablar de lo qué es honorable, Por qué no les cuentas a todos cómo murió el anterior gobernador?, salúdame a tus padres.
Las figuras se retiraban a toda marcha, había caballos esperando afuera de la iglesia, en ese instante uno podía darse cuenta de que los ponchos marrones y el sombrero ancho eran parte del uniforme, era algo representativo de la causa revolucionaria de la que eran parte, el criollo montado en un caballo hermoso, un pura sangre, seguramente traído de los mejores criaderos del norte, siempre seguido de sus dos oficiales, la joven descansaba ahora en el lomo del caballo de Otelo, sus cabellos ahora relucían con el sol del domingo, un grupo de soldados comenzó a disparar contra ellos, la persecución no duró mucho terminó cuando salieron de la zona más poblada de Huánuco, pero algo dentro de Santiago Arrué no lo dejaba tranquilo sobre Catalina Soria, él no sabía su nombre, no conocía su pasado, a lo mucho había escuchado su tono de voz y conocido su carácter felino, debió sentir algo en ella, algo en esa mirada fuerte y conmovedora que lo doblegó y no lo dejó tranquilo, realmente él hubiera preferido tenerla a su lado, en ese sueño inducido mientras se perdían entre los cerros bañados por el sol, lo realmente perturbador de esos pensamientos es que ni siquiera él sabía la razón de estos hacia su nueva prisionera.

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